Hace cerca de dos años publiqué un video sobre cómo gamificar el aula y utilizar la tecnología como aliada en los procesos de enseñanza y aprendizaje, incluso en contextos donde existen dificultades de conectividad.
La idea surgió después de escuchar a algunos compañeros docentes comentar que tenían dificultades para trabajar con adolescentes. Decían que los estudiantes no prestaban atención, que no respetaban las orientaciones y que solo querían utilizar el celular durante las clases.
En ese momento yo ya llevaba varios años intentando hacer justamente lo contrario: incorporar celulares, computadores y otros dispositivos disponibles como herramientas dentro del aula.
Mientras algunos docentes veían el celular como un elemento que debía desaparecer, yo intentaba preguntarme de qué manera podía convertirlo en un recurso para aprender, investigar, crear, participar, resolver problemas o presentar evidencias del trabajo realizado.
Con el tiempo comprendí algo que todavía me parece curioso: quienes intentamos trabajar con tecnología terminamos siendo muy conscientes de las limitaciones reales que existen detrás de cada dispositivo.
No todos los estudiantes tienen un celular en buenas condiciones. No todos cuentan con datos móviles, espacio de almacenamiento suficiente o una batería que funcione correctamente. Algunos no pueden instalar determinadas aplicaciones; otros tienen problemas con la cámara, utilizan sistemas operativos desactualizados o simplemente poseen equipos que no soportan las herramientas necesarias.
Por eso, paradójicamente, quienes incorporamos tecnología al aula somos muchas veces quienes terminamos pensando: “Ojalá todos mis estudiantes tuvieran un celular en buenas condiciones para poder desarrollar esta actividad como la imaginé”.
La diferencia está en la manera como observamos el dispositivo.
Para algunos, el celular es principalmente una distracción. Para otros, puede convertirse en cámara, grabadora, calculadora, biblioteca, laboratorio, editor de video, lector de códigos, instrumento de evaluación, medio de comunicación o espacio de creación.
El problema, entonces, no siempre está en el dispositivo, sino en la manera como se integra al proceso educativo.
Una noticia que volvió a despertar la reflexión
Hace poco vi en un noticiero una nota en la que se presentaba como un gran logro que una institución educativa hubiera configurado su red para impedir que los estudiantes accedieran a TikTok y a otras redes sociales.
La medida se mostraba como una respuesta positiva frente a las distracciones, el uso excesivo de los celulares y algunas dificultades de convivencia dentro de la institución.
Mientras veía la noticia, volví a hacerme una pregunta que ya me había surgido cuando publiqué aquel video: ¿realmente creemos que bloquear estos espacios dentro de la escuela evitará que los jóvenes accedan a ellos?
Es posible que durante algunas horas los estudiantes no puedan ingresar a determinadas aplicaciones desde la red institucional. Sin embargo, eso no significa que dejarán de utilizarlas. Podrán hacerlo desde sus datos móviles, desde otra red, desde sus hogares o desde el dispositivo de otra persona.
Las redes sociales, los celulares, los videos cortos y la inteligencia artificial ya forman parte de su realidad cotidiana. No desaparecen cuando el estudiante cruza la puerta del colegio.
Por eso sigo pensando lo mismo: debemos educar, no solamente prohibir.
Los estudiantes no son como antes, y eso es normal
Es frecuente escuchar expresiones como:
- “Los estudiantes de ahora no son como los de antes”.
- “Antes los estudiantes sí prestaban atención”.
- “Ahora todo es celular y redes sociales”.
- “Con estos muchachos ya no se puede trabajar”.
- “Con la inclusión el aula se ha vuelto inmanejable”.
Y, en cierta forma, es verdad: los estudiantes no son como antes.
Pero tampoco lo es la sociedad.
La comunicación ha cambiado, el acceso a la información ha cambiado y también lo han hecho las formas de aprender, relacionarse, entretenerse y participar en el mundo.
Los estudiantes viven rodeados de pantallas, estímulos visuales, videos cortos, plataformas digitales, redes sociales, videojuegos, asistentes de inteligencia artificial y contenidos que se actualizan permanentemente.
No podemos esperar que entren al aula y se comporten como si todo ese entorno dejara de existir.
Tampoco parece razonable enseñar exactamente de la misma manera como se hacía hace veinte o treinta años y responsabilizarlos únicamente a ellos cuando las estrategias ya no producen los mismos resultados.
Esto no significa que el docente deba entretener constantemente ni convertir cada clase en un espectáculo. Tampoco significa que toda tecnología sea beneficiosa o que el celular deba utilizarse sin límites.
Significa que necesitamos comprender el contexto en el que estamos enseñando.
Y cuando un docente afirma que ya no se puede enseñar porque los jóvenes cambiaron, porque el celular no permite trabajar o porque la inclusión vuelve el aula inmanejable, también conviene preguntarnos si estamos recibiendo la capacitación, el acompañamiento y las herramientas necesarias para responder a esas nuevas realidades.
Tal vez el problema no sea únicamente que los estudiantes cambiaron.
Tal vez también necesitamos revisar algunas de nuestras estrategias.
La escuela no puede convertirse en una burbuja
La solución no puede ser pretender que la sociedad actual desaparezca cuando los estudiantes entran al salón de clases.
La escuela no debería convertirse en una burbuja completamente separada del mundo real. Por el contrario, debería ser uno de los principales espacios donde los estudiantes aprendan a comprender ese mundo, analizarlo, cuestionarlo y desenvolverse responsablemente dentro de él.
Si las redes sociales forman parte de su vida, necesitamos enseñarles a utilizarlas.
Si consumen videos cortos, podemos enseñarles a analizar su contenido, verificar fuentes e identificar información falsa.
Si utilizan inteligencia artificial, debemos enseñarles a hacerlo con criterio, ética y responsabilidad.
Si se comunican permanentemente mediante plataformas digitales, necesitamos hablar sobre respeto, privacidad, identidad digital, huella digital y consecuencias.
Bloquear una aplicación puede resolver temporalmente una dificultad operativa dentro de una institución, pero no forma al estudiante para enfrentarse a las situaciones que encontrará fuera de ella.
Educar requiere más tiempo, preparación y acompañamiento que prohibir.
Pero también produce aprendizajes más profundos.
La ciudadanía digital también debe aprenderse
Si no enseñamos a nuestros estudiantes a utilizar responsablemente las redes sociales, aprenderán de otros espacios.
Tal vez de otros adolescentes. Tal vez de influenciadores. Tal vez de contenidos creados únicamente para generar reacciones, aumentar visualizaciones o producir ganancias.
Y ese aprendizaje puede ocurrir sin criterios éticos, sin pensamiento crítico y sin conciencia de las consecuencias.
Necesitamos enseñarles que lo que escriben detrás de una pantalla también puede lastimar, que una agresión digital sigue siendo una agresión y que difundir una fotografía sin autorización puede afectar profundamente a otra persona.
También necesitan comprender que compartir información falsa tiene consecuencias, que actuar desde una cuenta anónima no elimina la responsabilidad y que la vida digital no está completamente separada de la vida presencial.
En ocasiones, algunos jóvenes parecen construir dos formas de comportamiento: una para relacionarse cara a cara y otra para actuar detrás de una pantalla. Pueden mostrarse respetuosos en un espacio presencial y, al mismo tiempo, escribir mensajes crueles o compartir burlas desde sus dispositivos.
Parte de nuestra tarea educativa consiste en ayudarles a comprender que su identidad también está presente en lo digital y que sus acciones tienen consecuencias, incluso cuando no pueden ver de inmediato el rostro de la persona afectada.
También necesitamos enseñar cómo funcionan los algoritmos
La alfabetización digital no debería limitarse a aprender a utilizar aplicaciones.
Los estudiantes también necesitan comprender que las redes sociales no muestran contenidos de manera neutral.
Los algoritmos seleccionan publicaciones según interacciones, preferencias, búsquedas y tiempo de permanencia. Esto puede hacer que una persona vea repetidamente contenidos similares y termine creyendo que representan toda la realidad.
Esos sistemas influyen en lo que consumimos, en lo que compramos y, en cierta medida, en la manera como interpretamos determinados acontecimientos.
Por eso, la alfabetización digital también debe incluir el análisis de la publicidad, los discursos políticos, las campañas de desinformación, los contenidos engañosos y las estrategias de manipulación.
Un estudiante que no desarrolla pensamiento crítico puede compartir información falsa, reproducir discursos de odio o tomar decisiones basadas únicamente en contenidos emocionales.
La ciudadanía digital no es un tema adicional que pueda dejarse para cuando haya tiempo.
Es una necesidad educativa.
Usar el celular no significa permitirlo todo
Defender el uso pedagógico de los celulares no significa aceptar cualquier comportamiento.
El aula necesita acuerdos, límites y propósitos claros.
No todas las actividades requieren un celular, no todas las aplicaciones son apropiadas para todos los momentos y no toda interacción digital contribuye al aprendizaje.
El docente debe establecer cuándo se utilizará el dispositivo, con qué finalidad, durante cuánto tiempo y qué producto se espera obtener.
También es valioso construir algunos acuerdos junto con los estudiantes. Cuando participan en la definición de las reglas, pueden comprender mejor las razones de cada norma y asumir una mayor responsabilidad frente a su cumplimiento.
Podemos establecer momentos sin dispositivos y otros en los que el celular sea una herramienta central. Podemos trabajar individualmente, en grupo o por estaciones. Podemos compartir dispositivos cuando no todos tengan acceso y diseñar alternativas sin conexión o sin equipo para evitar excluir a quienes no cuentan con los recursos necesarios.
La tecnología debe ampliar las posibilidades del aprendizaje, no crear nuevas barreras.
Por eso, antes de decir simplemente “saquen sus celulares”, conviene preguntarnos:
- ¿Todos tienen uno?
- ¿Todos pueden conectarse?
- ¿Todos tienen espacio disponible?
- ¿La actividad puede realizarse en equipos?
- ¿Existe una alternativa para quien no tenga dispositivo?
- ¿Estamos utilizando una herramienta accesible?
Incorporar tecnología también exige planear desde la inclusión.
Del consumo a la creación
Una de las razones por las que considero valioso trabajar con redes sociales y dispositivos dentro de los procesos educativos es que podemos ayudar a los estudiantes a pasar del consumo pasivo a la creación.
Un joven puede pasar horas viendo videos en TikTok, pero también puede aprender a crear un video educativo, escribir un guion, seleccionar información confiable, resumir un tema, explicar un concepto y comunicarlo de manera clara.
Puede utilizar el celular para grabar un experimento, documentar un proyecto, realizar una entrevista, crear una infografía, editar un podcast, resolver una actividad colaborativa o presentar los resultados de una investigación.
Cuando utilizamos sus intereses como punto de partida, no estamos renunciando a enseñar.
Estamos creando un puente entre su realidad y los aprendizajes que queremos promover.
Ese proceso también permite desarrollar habilidades de comunicación, creatividad, síntesis, trabajo en equipo, solución de problemas, pensamiento crítico y manejo responsable de herramientas digitales.
El objetivo no es que el estudiante utilice el celular porque sí.
El objetivo es enseñarle a utilizarlo con una intención diferente.
Gamificación en contextos con poca conectividad
El video que publiqué hace casi dos años estaba enfocado principalmente en estrategias de gamificación para ambientes con dificultades de conectividad.
En ese material mostraba juegos que podían alojarse en un computador y utilizarse sin conexión a internet.
La intención era demostrar que innovar no siempre requiere plataformas costosas, redes rápidas o dispositivos de última generación.
A veces basta con un computador, un videobeam, archivos locales, preguntas bien diseñadas, reglas claras y una metodología que permita involucrar activamente a los estudiantes.
También proponía organizar grupos desde el inicio, asignarles nombres, llevar puntajes, establecer acuerdos y utilizar juegos durante las sesiones para activar conocimientos previos, desarrollar contenidos o evaluar lo aprendido.
Algunos juegos se inspiraban en formatos conocidos, mientras que otros habían sido creados o adaptados según los temas de clase.
La tecnología era una parte de la estrategia, pero no era la única.
También estaban presentes el movimiento, la colaboración, la toma de decisiones, la motivación y el sentido de pertenencia al grupo.
Esa experiencia reforzó mi convicción de que no siempre necesitamos eliminar aquello que atrae a los estudiantes.
A veces podemos utilizarlo como punto de entrada al aprendizaje.
Prohibir es más rápido; educar transforma
Prohibir puede parecer una solución rápida.
Se bloquea una aplicación, se recoge un celular, se restringe una red o se sanciona a quien incumple la norma. Durante un tiempo, el problema parece controlado.
Pero cuando el estudiante sale de la institución, vuelve a encontrarse con las mismas plataformas, los mismos contenidos y los mismos riesgos.
Si no recibió formación para enfrentarlos, tendrá que hacerlo solo.
Educar es más complejo. Requiere conversar, orientar, diseñar actividades, establecer límites, analizar situaciones reales y acompañar a los estudiantes en la construcción de criterios.
También exige que quienes enseñamos revisemos y actualicemos permanentemente nuestras prácticas.
Sin embargo, ese esfuerzo genera aprendizajes que pueden acompañar a los estudiantes mucho más allá del aula.
No debemos formar estudiantes para un mundo sin tecnología.
Ese mundo ya no existe.
Debemos prepararlos para vivir de manera responsable, crítica, segura y ética en el mundo tecnológico que ya tenemos.
Algunas herramientas han cambiado desde que publiqué aquel video. Han aparecido nuevas plataformas, nuevas tendencias y nuevas posibilidades.
Pero mi postura continúa siendo la misma:
La tecnología no debe entrar al aula sin orientación, pero tampoco debería salir de ella únicamente por miedo.
Nuestro reto como docentes no es competir contra los celulares, las redes sociales o la inteligencia artificial.
Nuestro reto es enseñar a utilizarlos mejor.
Reflexión escrita en julio de 2026.