Durante mucho tiempo hemos repetido expresiones que parecen inofensivas, pero que dicen mucho más de lo que creemos.

Frases como “feliz día al hermoso ramillete de mujeres” pueden sonar amables y bien intencionadas, pero también revelan una manera muy particular de mirar a las mujeres: destacar primero su apariencia, incluso en espacios donde su trabajo, conocimiento o trayectoria deberían ocupar el centro.

Como ingeniera y docente, cada vez que escucho este tipo de expresiones me surge una pregunta:

¿En qué momento dejamos de ver a las mujeres por lo que hacen y empezamos a destacarlas principalmente por cómo se ven?

El lenguaje no es inocente

Todavía es común encontrar expresiones como “las bellas damas” o mensajes donde la apariencia aparece antes que el talento, el trabajo o las capacidades profesionales.

A simple vista pueden parecer frases sin importancia. Sin embargo, el lenguaje también ayuda a construir expectativas sobre lo que valoramos en cada persona.

Algo similar ocurre con expresiones cotidianas como “te ayudo con los oficios de la casa”. Aunque suelen decirse con buena intención, también pueden reforzar la idea de que esas tareas pertenecen principalmente a una persona y que los demás simplemente colaboran.

Son pequeños ejemplos, pero muestran cómo ciertos roles continúan presentes en nuestra forma de hablar.

Y lo que repetimos en el lenguaje termina influyendo en aquello que consideramos normal.

Los estereotipos comienzan mucho antes de elegir una carrera

Muchos sesgos relacionados con el género no aparecen cuando una joven llega a la universidad.

Comienzan mucho antes.

Desde la infancia todavía encontramos asociaciones muy marcadas: determinados colores, juguetes, profesiones o comportamientos se presentan como más apropiados para niñas o para niños.

Las niñas suelen recibir mensajes relacionados con el cuidado, la apariencia o determinadas actividades sociales, mientras que los niños tienen con mayor frecuencia contacto con juguetes de construcción, vehículos, experimentos, herramientas o tecnología.

Por supuesto, esto no ocurre de la misma manera en todas las familias ni significa que exista una prohibición explícita.

El problema aparece cuando esas diferencias se repiten tantas veces que terminan pareciendo naturales.

También ocurre en los medios y en la publicidad. Todavía encontramos espacios donde las mujeres son presentadas principalmente como elementos de atracción visual y no por su conocimiento, experiencia o capacidad profesional.

Y continúan existiendo comentarios cotidianos como “seguro es una mujer conduciendo” cuando alguien comete un error al manejar.

Cada uno de estos mensajes puede parecer pequeño.

Juntos, construyen una idea sobre aquello que supuestamente corresponde a hombres y mujeres.

¿Qué tiene que ver esto con la ingeniería?

Mucho.

Como ingeniera y docente, he visto durante años una realidad que sigue repitiéndose: en muchas carreras de ingeniería la presencia femenina continúa siendo considerablemente menor.

Y cuando observamos solamente el momento de la matrícula universitaria, podemos pensar que se trata simplemente de una elección individual.

Pero las decisiones profesionales no aparecen de la nada.

Una niña que durante años escucha que determinadas actividades “son de hombres”, que rara vez ve mujeres representadas como ingenieras, programadoras o investigadoras, o que recibe mayor reconocimiento por su apariencia que por su capacidad para resolver problemas, también está recibiendo información sobre aquello que la sociedad espera de ella.

No necesariamente alguien tendrá que decirle directamente “la ingeniería no es para ti”.

A veces el mensaje llega de manera mucho más sutil.

Está en los juguetes que recibe, en los referentes que observa, en las conversaciones familiares, en los comerciales, en los comentarios cotidianos y en las expectativas que otras personas construyen sobre sus habilidades.

Por eso, cuando una joven debe decidir qué estudiar, esa elección ya viene acompañada por años de mensajes previos.

La representación también importa

Ver a otras mujeres ocupando espacios científicos y tecnológicos puede cambiar la percepción de lo que parece posible.

Cuando una niña conoce ingenieras, científicas, programadoras, investigadoras o líderes tecnológicas, la ingeniería deja de ser algo distante y comienza a convertirse en una posibilidad real.

Por eso considero importante visibilizar a las mujeres en STEM no únicamente en fechas conmemorativas.

También necesitamos mostrar sus proyectos, investigaciones, publicaciones, errores, aprendizajes y trayectorias profesionales.

No porque las mujeres necesiten ser tratadas de manera especial, sino porque durante mucho tiempo muchos de esos referentes simplemente no estuvieron presentes.

La representación no garantiza que una niña quiera estudiar ingeniería.

Pero sí evita que descarte una posibilidad únicamente porque nunca vio a alguien como ella ocupando ese lugar.

Más allá de un día en el calendario

No se trata de dejar de celebrar ni de rechazar los gestos de cariño que muchas mujeres reciben en determinadas fechas.

Esos detalles pueden tener valor cuando nacen del afecto.

Pero el cambio real no ocurre únicamente con un mensaje un día al año.

Ocurre en lo que decimos todos los días.

En cómo distribuimos las responsabilidades en casa.

En los juguetes y actividades que ofrecemos a niños y niñas.

En la manera como reaccionamos cuando una niña muestra interés por la tecnología.

En los referentes que presentamos dentro del aula.

En la forma como valoramos el trabajo de una mujer.

Y también en las palabras que utilizamos.

Las vocaciones también se construyen

Las vocaciones científicas y tecnológicas no aparecen necesariamente de manera espontánea.

También pueden construirse a partir de oportunidades.

Una niña que tiene acceso a programación, robótica, electrónica, matemáticas o experimentación puede descubrir capacidades e intereses que quizá nunca habría identificado de otra manera.

Por eso la escuela tiene un papel muy importante.

No se trata de empujar a todas las niñas hacia la ingeniería, sino de asegurarnos de que puedan conocerla, explorarla y decidir libremente si es un camino que les interesa.

La verdadera igualdad no consiste en que todas elijan lo mismo.

Consiste en que ninguna descarte una posibilidad porque desde pequeña aprendió que ese espacio no le correspondía.

Cambiar el lenguaje también cambia posibilidades

Tal vez una frase por sí sola no determine la profesión que elegirá una persona.

Pero las ideas se construyen mediante repetición.

Lo que escuchamos, observamos y normalizamos durante años termina influyendo en la manera como imaginamos nuestras propias posibilidades.

Por eso vale la pena revisar incluso aquellas expresiones que parecen inofensivas.

Cuando cambiamos la manera de hablar, también empezamos a cambiar aquello que consideramos normal.

Y cuando ampliamos los referentes, las experiencias y las oportunidades que ofrecemos a niñas y jóvenes, también ampliamos las posibilidades que pueden imaginar para su futuro.

En ingeniería, eso puede significar la diferencia entre una vocación que nunca tuvo oportunidad de aparecer y otra que encontró el espacio necesario para desarrollarse.